Colectivo de Intervención Fotográfica

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Movilizadas y en la calle contra el terrorismo machista
El fuego que nos anima

Hay abrazos que inician una insurrección, que dejan en nuestros cuerpos la huella de lo posible, el rastro de lo deseable. Ayer en la tarde, mientras la lluvia y el frío intentaban paralizarnos, nos abrazábamos, y un fuego se encendía dentro y fuera de nosotras. Un fuego encendido por la rabia colectiva, por la constatación de lo evidente: el patriarcado mata.

Fotografías por Celestrip, Luciérnaga, Xanti Revueltas
Licencia: Creative Commons

Hay abrazos que inician una insurrección, que dejan en nuestros cuerpos la huella de lo posible, el rastro de lo deseable.

Ayer en la tarde, mientras la lluvia y el frío intentaban paralizarnos, nos abrazábamos, y un fuego se encendía dentro y fuera de nosotras.

Un fuego encendido por la rabia colectiva, por la constatación de lo evidente: el patriarcado mata.

El grito de rabia se hizo colectivo y resonó en diferentes geografías, atravesó miles de gargantas de transexuales, travestis y mujeres en todo el mundo, se tornó multitud de cuerpos que resisten.

La invisibilización y los intentos de criminalización y deslegitimación de la lucha feminista se revelan en los pequeños gestos: ni una sola patrulla policial custodiaba el tránsito de la la avenida 18 de julio. La ausencia revela la fortaleza; la calle es nuestra, para tomarla, para cortarla, para habitarla con nuestra rabia. Un canto sintetiza la idea: yo sabía/ yo sabía/ que a los violadores los cubre la policía.

El orden de la avenida se desborda y los bondis enlentecen su marcha cuando empezamos a avanzar. Desde las ventanas, algunas caras se detienen en esos cientos de mujeres que toman la calle, que ocupan el espacio público con su grito; otro canto las convoca, a todas: mujer/ escucha/ únete a la lucha.

Todas en alerta y en las calles se leía en el cartel que encabezaba la marcha. Todas alerta estamos. Tocan a una, tocan a todas. Una fogata se enciende en la calle, a los pies de la estatua de la libertad; se quema en la hoguera el patriarcado.

Dieciséis mujeres fueron víctimas de femicidio en el Uruguay en lo que va de este año. La contabilización del horror no deja espacio a la duda: estamos hartas. Y del dolor y el hartazgo, la rabia, y de la rabia, la acción. La acción que inicia una conspiración, un respirar juntas que expande el fuego que nos habita.

W.I.T.C.H, o conspiración terrorista de las mujeres del infierno se llamaba una de las organizaciones que en los 70, en EEUU, comenzaron a dar visibilidad a la lucha contra el patriarcado a través de acciones artísticas en espacios públicos.

Ayer, las brujas quemaban siluetas de hombres de cartón, mientras gritábamos fuego/ fuego/ fuego al patriarcado.

Las nietas de las brujas que nunca pudieron quemar estamos juntándonos, y nos estamos haciendo más fuertes.

Y en la fortaleza aprendimos: el patriarcado no se va a acabar por combustión espontánea, se va a acabar con nuestro fuego. Porque donde hay poder hay resistencia, aunque el poder haya encontrado formas siniestras de enlazarse con nuestros cuerpos para que el horror nos anule, para que la opresión patriarcal se normalice en cada una de nuestras prácticas.
Algo se sacude, algo comienza a romperse. Los mandatos patriarcales que se inscriben en cada uno de nuestros cuerpos nos estorban. La docilidad, la suavidad, la protección, la paciencia, la disponibilidad, están siendo expulsadas de nuestro sistema.

Aprendimos a desobedecer. Aprendimos que el fuego estaba en nosotras. Y en la desobediencia, aprendimos juntas a responder, a patear, a gritar, a parir sin ser vulnerables a la violencia obstétrica y a abortar sin culpa; aprendimos que la maternidad no es nuestro destino manifiesto, que nuestros cuerpos son un campo de batalla y que merecemos el placer, el goce y el afecto en las formas que nosotras elijamos. Aprendimos a mirarnos en los ojos de las otras y reconocer la manada insurrecta. Aprendimos juntas a declarar la insurrección contra el adiestramiento en la sumisión.

Aún no estamos todas, aún faltan las presas, aún faltan aquellas en las que el patriarcado anidó fuerte y la opresión se tornó normalidad. Hoy, cada acción directa, cada gesto en lo íntimo, cada abrazo entre amigas, cada renuncia a las tareas impagas, cada respuesta al acoso, cada denuncia de una víctima, agitan el campo de lo sensible y nos hacen más fuertes a todas.

Lo personal sigue siendo político.

Texto: Hiparkia

Publicado el 20 de octubre de 2016
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